DESESPERACIÓN ENSANGRENTADA

Salpicando el espejo lavaba su cara, con nubes en la mente y pájaros revoloteando sobre su brillante cabeza; hacía mucho que no brotaba pelo en esa bola reluciente que tenía sobre los hombros.
Él mismo solía decir, chistoso, que junto con el cabello le cayeron los años.

-"¡Rubio, muy rubio! ¿Y ahora? ¡Ahora mi calva es más brillante que cada mechón dorado que colgaba de mi cabeza por aquel entonces!"

Recordó esas mismas palabras y sonrió a su reflejo, mientras dejaba pasear la palma de la mano, lenta y melancólica, sobre su coronilla vacía.
Este gesto tan insignificante, a ojos ajenos, no parecería reflejar mucho más que la añoranza de la juventud, e incluso podría parecer tierno y hermoso para los más sensibles. Pero lo que pocos saben es lo que habitaba en las nubes; oscuras, de su mente, y el cantar; tenebroso, de sus pájaros; pues poco más que desesperación y angustia experimentaba aquel hombre. Frente a sí mismo, viendo como lenta pero incesantemente el reloj gritaba con más fuerza, y apretaba su cuello la escurridiza vida, con más ganas. El tiempo pues, se detuvo, tras ser testigo en un fugaz instante, de cómo se le escapaban los sesos y la vida en mil gotas de desesperación ensangrentada, que ahora bañaban el inerte reflejo de aquel que fue y dejó de ser.

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