SUPERFICIAL.

Me resulta odioso que hacia mi persona (la cual pienso; merece al menos la oportunidad de ser respetada y valorada por sus buenas acciones) utilicen el afecto y la debilidad como arma punzante y mortífera que acabe por atravesarme el alma en cuanto cierre los ojos.

Sin darle importancia, di todo de mí a quien no supo aforar mis acciones. Me mostré totalmente abierta, presta a rellenar todos los surcos que se interpusiesen en su felicidad.

El tiempo; mi gran amigo, el que me ha arrebatado, brindado y cerrado puertas con cerrojo para no atravesarlas. Él pone a todos en su lugar, y yo no iba a ser menos.

Ahora es cuando me deja ver qué había tras el telón, donde durante el espectáculo reinaba el júbilo y la armonía, ahora sólo yace la hipocresía y la tenue luz grisácea que deja ver la inmundicia que siempre ha estado en los rincones más recónditos de lo que, inconscientemente, he llamado amistad.


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